Relato de no ficción
La profesora Bárbara nos dio la consigna de escribir un relato de no ficción y yo decidí componer una clase de ''nuevo final'' sobre el libro ''El secreto de la canela'' de Liliana Bodoc.
Lazos
inquebrantables
RIO
DE JANEIRO 1790
Allí se encontraba la negra María, junto a
Amanda, su pequeña niña. Se había encariñado tanto con ella que la cuidaba como
si fuera su hija, y, además, era lo único que le recordaba a su hermoso Buenos Aires,
que poco había podido conocer por su condición de esclava, pero que adoraba por
ser la cuna de su niñez.
Su pronta llegada a Río de Janeiro causó
revuelo en las esclavas, principalmente por la particular belleza de María,
quien cautivó la mirada no solo de esclavos, sino también de amos y mulatos.
Con el tiempo, María comenzó a integrarse
a la nueva realidad que enfrentaba, con un nuevo idioma por aprender, nuevas
tradiciones, nuevos dioses, pero con los mismos amos, Don Hernando Encinas, su
esposa Inés y su hija menor Amanda.
La negra sufría mucho por ser una mujer ya
entrada a los treinta años y no tener hijos. Su infertilidad era considerada,
para ella, una maldición. Este hecho le quitaba el sueño por las noches. Su deseo
por tener un acompañante, un niño en su vientre se hacía cada vez más fuerte
con el tiempo y a medida que ganaba edad.
Amanda fue su salvación. Verla crecer y
volverse tan cercana a ella la hizo recobrar vida; la niña fue el reemplazo del
hijo que siempre buscó, y para la pequeña, con su madre ausente a causa de su
enfermedad, María fue indispensable.
La negra María encontró la ayuda que
necesitaba en Oxum, la diosa africana del amor y la fertilidad quien se
encargaba de unir a los enamorados y de separar a los que no lo están.
María conoce a un hombre blanco muy
adinerado, Juan José De la Cruz, amigo de la familia de sus amos, quien fue
encantado por la belleza de la negra al igual que muchos, pero a diferencia de
los demás hombres que María había conocido, este causó en su interior cosquillas
que nunca había experimentado y, sintió un olor extremadamente fuerte a canela,
símbolo de la presencia de Oxum.
Como fruto de ese amor y bendición de la
diosa Oxum, María dio a luz a un pequeño mulato llamado Juancito. El niño pasó los
primeros años de su vida con su madre, pero con la muerte de Don Hernando
Encinas, está última debe mudarse a Buenos Aires nuevamente en compañía de
Amanda y decide dejar a su hijo en Río de Janeiro para que pudiese vivir con su
padre como hijo bastardo y no con su madre en condición de esclavo.
MONTEVIDEO
1813
María cuidaba del hijo de Amanda, Eugenio,
cuando el pequeño quiso salir a dar un paseo por las calles de Montevideo. La
negra, adolorida a causa de su avanzada edad, siguió el paso del niño como pudo
hasta llegar a un parque y sentarse a descansar en una hermosa fuente.
Un joven de aproximadamente veinte años se
acercó a María a pedir direcciones, pero, sin embargo, a lo que más le prestó
atención María fue a su acento y su correcta forma de hablar, que parecía ser
el de una persona que había aprendido el castellano, pero no a la perfección.
Además, sus rasgos mulatos y su extremo parecido al antiguo amor de María
hicieron que no pudiera contenerse y preguntó: - ¿De dónde sos? - invadida por
la curiosidad.
-Yo nací en Rio de Janeiro, estoy aquí por
motivos secretos de los rebeldes revolucionarios- dijo el joven, sin saber por
qué la mirada de María le transmitía confianza y seguridad, y continúo con la
charla. -Mi nombre es Juan. Mi padre falleció hace un año y quede solo en Rio
de Janeiro, porque mi madre era una esclava que tuvo que mudarse a Buenos Aires
con sus amos. Yo no recuerdo haberla conocido, pero realmente me hubiera encantado.
-
Demasiadas coincidencias. María ya no
pudiendo más con la intriga preguntó
- ¿Y,
¿cuál era el nombre de tu padre? - -Juan José De la Cruz. - contestó el joven.
María sentía que el corazón se le salía del pecho. Estaba allí frente a su
hijo, al que había ansiado reencontrar toda su vida, sin embargo, se despidió
de Juan, tomo a Eugenio de la mano quien estaba jugando con una niña cerca de
la fuente y volvió de prisa a la casa de sus amos. Una vez allí, saludo apresuradamente
a Amanda y corrió hacia su habitación, donde frente a su altar a la diosa Oxum,
se colocó sus vestiduras amarillas y comenzó a bailar ofreciendo canela y miel
a la diosa que tanto la había ayudado durante toda su vida
-Oh diosa del amor y la fertilidad, mi tan
preciada Oxum, necesito de tu ayuda para que Juan sepa quién soy, que estoy
aquí a su lado. - Las palabras de la negra hicieron inundar las calles con un
fuerte olor a canela, que se hacía cada vez más penetrante. Juan se encontraba
en su alojamiento durmiendo una siesta cuando el olor a canela llenó sus
pulmones y comienza a soñar con recuerdos de su infancia: corría en un patio
atestado de flores acompañado de una hermosa joven negra a la que llamaba
“Mamá”. Ambos iban acompañados de su padre. Luego de esto presencio la
separación y, más tarde, a su madre ya vieja con Eugenio, en la misma plaza en
la que estuvo Juan durante la mañana y conversó con aquella señora que hasta el
momento no sabía que era su madre.
El joven despierta de un salto, arrea su
caballo y sale rumbo a la plaza, donde María parecía estar esperándolo frente a
la fuente en la que se habían reencontrado. Ambos se sumieron en un abrazo con
todas las fuerzas que habían acumulado sus brazos tras no abrazarse durante
tanto tiempo.
María, llena de felicidad, llevo a su hijo
a casa de Amanda y le conto sobre la historia de amor con el padre de Juan y su
nacimiento, quien conmovida invitó al joven a cenar con ella, María y Eugenio.
Allí conversaron sobre sus años desencontrados, sobre el esposo de Amanda que
se encontraba luchando por la independencia y contemplaron a Eugenio jugar con
un gato sobre la alfombra de la sala.
Hacía años que María no experimentaba tal
sensación de felicidad en su cuerpo como lo hizo durante las siguientes semanas
que no sabían que eran las últimas de su vida junto a sus seres más amados. La
negra se sentía preparada para marcharse a encontrarse con su amado y con Oxum.
María, la misma noche de su cumpleaños,
fue a dormir y no despertó jamás, pues ya había cumplido su misión en la tierra
y era tiempo de marchar.
Yamil Afara
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